Martes con mi viejo profesor

Los martes de cuatro a seis de la tarde, esas dos horas, el el tiempo más productivo de toda la semana. Porque vas a lo que vas, y no te distraes, que si el messenger, que si a ver lo que te han escrito en tal foro, que si voy a escuchar cabreados, que si voy postear una entrada en el blog. No. Ahí se va a lo que se va. Y yo estoy contenta.

Salgo de casa todos los días a las dos de la tarde, dos y diez como mucho, con los cinco euros que me da mi madre para la ida y la vuelta en bus y mis ahorrillos para comprarme algún comic. Pero antes de llegar a la parada del bus, que está en el pueblo de al lado, tengo que pasar por una carretera general sin aceras, por la que pasan camiones a toda hostia y en la que ya han muerto varias personas (toquemos madera recubierta de barniz). En realidad no es mucho lo que tengo que caminar, lo suficiente como para poner a tono los músculos que no se han movido el resto de la semana, y eso es de agradecer. Ya en el bus, como mi reproductor mp3 suena a rayos, me dedico a escuchar conversaciones ajenas, a veces demasiado crípticas Sí, podeis llamarme cotilla, pero sino que alguien no se hubiese cargado mi mp3 (que ahora es una simple memoria usb).

Pero cuando llego a Santander aun tengo que esperar media hora para ir a clase, y me dedico a mirar las televisiones mudas de la estación de autobuses como una idiota. A esas horas están siempre echando futurama, y como he visto casi todos pues no me hace falta el sonido. Aunque de vez en cuando me doy cuenta de mi propia idiotez y me dedico a mirar lo que sucede alrededor. La estación de autobuses es un sitio ruidoso y mudo a la vez, es como el eco de una cueva monstruosa. Me gusta ver juguetear a las palomas, paseandose por su casa, picandose las unas a las otras, volando de acá para allá y respondiendo a sus instintos más básicos. ¿Y la gente? La verdad, me resultan más interesantes las palomas. Y así pasó mis horas muertas.

“¡Uy, ya son menos diez!” Entonces ando a caminar a la calle Isabel II. En el segundo portal me recibe el cartelito del profe (”dh creación” pone) y llamo al primero izquierda, con una mano apoyada en la puerta preparada para empujar. “¿Si?” dice. “Abre” le digo. Subes unos cuantos tramos de escalera totalmente a oscuras, tanteando las paredes hasta llegar al botón de la luz, el resto es cosa fácil. La música me llama, me saluda, sale por la puerta entreabierta y baja por las escaleras para darme la bienvenida. Suele ser Jazz o Blues, o no sé, confundo todos los estilos, el caso es que es marchosa y te invita a pasar. Otro cartelito al lado de la puerta me recibe y sin pasar el umbral ya me espera el jefe, del que me acuerdo muy bien porque no me ha encendido la luz de la escalera (como siempre). El jefe, Carlos (Diaz, creo) es un buen tío, casi tanto que cualquier día le nombro mi tío. Es como un gran oso, mi gran oso, el maestro, siempre me encanta tener a un superior al que poder seguir los pasos y he cazado un gran ejemplar. Ayer, cuando le pedí consejo sobre el trabajo de ilustración que me han encargado, llegó un momento en el que se definió a sí mismo como artesano en lugar de artista. Para los que no lo sepais, en el mundo del arte, el artesano, como un alfarero, es aquel que hace la misma pieza una y otra vez y que va aumentando de calidad cuantas más veces lo repita; mientras que el artista, un pintor o un músico, solo hace la pieza una vez, porque no tendría sentido repetirla, y será todo lo buena que haya sido la idea y la expresión del artista. Yo más de una vez, cuando he dibujado, me he sentido más como una artesana que como una artista, siempre repitiendo las mismas manos y las mismas cabezas para mejorar, una y otra vez lo mismo. Pero no sé yo si mi maestro se quiere referir a este sentimiento o más bien a la facilidad que hay hoy en día de autonombrarse artista. No lo sé, quizá se me haya sobrecalentado el cerebro.

Y así pasan las dos horas, más callados de lo que el profesor quisiera, pues que más quiere él que le amenicemos la tarde, pasarse todo el día encerrado dibujando es un rollo a veces. Siento no tener nada que decir en esos momentos, profe. Y vuelta a la estación de autobuses para esperar otra hora hasta que salga el autobus para llegar a casa a las ocho.

“¡Hasta el Martes!”

 


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